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Tuesday, June 16th, 2009I
Como un mico, Nelson Urdaneta se deslizó por el tubo de bomberos de la torre esquinera para ir de su oficina en el tercer piso al salón principal en el primero. Luego caminó la alfombra persa del enorme recinto y llamó a Isidoro. Un silencio de muebles isabelinos le respondió. Nelson se dirigió hacia la mesa del comedor, recogió el periódico que estaba sobre el aparador, y se sentó en la silla de cabecera. Isidoro, mientras tanto, interpretaba el clarinete en el pináculo de la torre de homenaje, en la parte izquierda del castillo. Nelson escaneó los titulares de El Tiempo y prefirió no zambullirse en ningún párrafo, terminó de tomarse el café con leche, y luego gritó: ¨Isidoro Chipatecua! ¿por que no contestas? ¿se te comieron la lengua los ratones o qué?¨
Hacía cinco meses Nelson, Isidoro, Catalina y María, se habían mudado a vivir al Castillo Marroquín en los suburbios de Bogotá, muy cerca del municipio de Chía. Gracias a las buenas labores de su tío Octavio, Nelson había conseguido que le permitieran habitar el anacrónico castillo medieval mientras la justicia determinaba el uso que se le daría al inmueble tras haber sido confiscado a narcotraficantes del cartel de Medellín. La cercanía al Instituto Caro y Cuervo era la razón principal que había utilizado Nelson para mover sus influencias familiares. La belleza del paisaje sabanero, el silencio del campo y la posibilidad de vivir sin pagar renta, eran las razones que habían seducido a sus amigos.
Construido en 1902 por el arquitecto francés Gastón Lelarge y los maestros Julian Lombana y Demetrio Chávez, el castillo había sido la morada de varias personalidades nacionales que siempre terminaron abandonándolo. Desde el hijo del presidente José Manuel Marroquín, Lorenzo, quién ordenó su levantamiento en los predios de la hacienda Hierbabuena para sentirse como un conde francés en el nuevo mundo, hasta ministros de la república, médicos cirujanos, y mágicos millonarios, los habitantes del castillo nunca lograron adaptarse a la supuesta presencia de fantasmas. Al principio fue el espectro de doña Trinidad Ricaurte quien atormentó a su nieto Lorenzo, luego se sumaron La Zancona, el Duende Enamorado, el Perro de la Cadena en Llamas, y Yuri Gagarín. Las leyendas sobre estos seres sobrenaturales se dispersaron por toda la región y mantuvieron lejos de cualquier intento de ocupación a los campesinos y desplazados de la violencia que muchas veces merodearon los alrededores.
“Isi, Isi!, Nelson te está llamando.” Dijo Catalina asomándose por la ventana de su habitación en el segundo piso de la torre de homenaje. Isidoro escuchó la aguda voz de Catalina desde el pináculo y abruptamente interrumpió la melodía de cumbia que estaba improvisando. Se descolgó el clarinete del cuello y lo puso sobre la mesa de pic-nic. Luego tomó un vaso de jugo de naranja que estaba a la mitad y de un solo sorbo se lo acabó. Entonces se acercó a la escalera en caracol y dijo “todo bajo control”. Nelson, preso de la impaciencia, se levantó de la mesa, corrió hacia la entrada de la escalera de la torre de homenaje en el primer piso y dijo: “Isidoro! ya me voy!”. Desde el final de la escalera, Isidoro respondió, “Viejo Nelson, tienes que subir y escuchar esta melodía antes de irte a tu reunión. Yo ya estoy listo. ¡Súbete!”
Nelson subió hasta el pináculo rápidamente y fue recibido por el aire fresco de la mañana. Aunque el cielo estaba cubierto por una gran masa de nubarrones blancos y grises, el verde de la sabana llenaba de color el paisaje. A un lado, las montañas orientales se asomaban teñidas de verde profundo por entre las nubes bajas; al otro, más allá de la autopista norte, eucaliptos en fila delineaban los límites de las haciendas que se extendían hacia el occidente. Isidoro comenzó a improvisar con su clarinete y a marcar el ritmo cadencioso de la cumbia con los pies. “Esa melodía se me hace conocida. Creo que es de un tema del maestro Lucho Bermudez¨ , dijo Nelson. Isidoro paró de tocar y anotó, “En efecto es de Lucho. Es una variación a las fracesillas del coro de Bolombolo mi estimado profesor Urdaneta.¨
-¿Bolombolo?¿Como el poema de León de Greiff? –Preguntó Nelson levantando sus cejas en señal de incredulidad.
-Así es, como el poema, y como el pueblo antioqueño que se inunda de Río Cauca cada vez que llega el invierno.
-¡Caray!, que nombre mas raro –comentó Nelson-, pareciera que estuviera a punto de reventar.
-Pura voluptuosidad tropical de la que tanto te aterra.
-¡Pobres sus habitantes! llevar semejante gentilicio a cuestas no debe ser cosa fácil.
-A mi me vendría muy bien ser bolomboliano, bolomboleño, o bolombolita.
-Eso es por que ya te acostumbraste a llevar un apellido como Chipatecua, mi estimado Isidoro.
-No creas. Ser bolomboliano reivindicaría mi cruzada por el mestizaje.
-Yo sin duda no cambiaría ser bogotano por ningún otro gentilicio, y para ser mas exactos, ser santafereño. Nada como respetar nuestras buenas costumbres y nuestra santa fe católica apostólica y romana.
-Estas delirando otra vez. A veces creo que fue un error haberte seguido el juego de vivir en este castillo. Con el paso del tiempo te noto mas retrógrado en tus fantasías puristas, eurocentricas, blancas y cachacas. Como dicen en la cosa, ¡mandas cáscara!
-¡Ja! ¿Quién será el delirante?
-Que pena Nelson, pero la verdad, estás atorado en las costumbres y el lenguaje del siglo XVII. Eres uno de esos criollos pseudo-independentistas empeñados en mantener el espíritu y los privilegios coloniales y medievales. Ah, y modernos también, por supuesto. Que no se nos olvide el dandismo y el snobismo cachacos tan de moda en tus círculos sociales.
-Ya vas a empezar. Sabes, no puedo perder tiempo en una discusión bizantina. Tengo una reunión a las nueve en el instituto, con Clímaco Iriarte, y Gerardo Castellanos. Importantísima. ¿Quieres que te acerque a la autopista?
-Claro que sí. Yo también tengo una reunión muy importante con los jóvenes clarinetistas de la Sinfónica Juvenil. –Dijo Isidoro. Luego levantó el estuche del clarinete del suelo, guardó el instrumento y bajó las escaleras siguiendo a Nelson.
II
Isidoro caminaba hacia el sur sobre el borde de la Autopista esperando a que pasara un colectivo que lo llevara al Portal del Norte. Tenía una reunión a las once en la sede de la Orquesta Sinfónica Juvenil del barrio Teusaquillo, en Bogotá, y eran apenas las nueve de la mañana. Iba tranquilo y sin prisa. Nelson lo había dejado cerca del Puente del Común, lugar de cruce de caminos desde tiempos coloniales; punto estratégico entre oriente y occidente, norte y sur; paso indispensable en las campañas de independencia y las guerras civiles del siglo XIX. Un ingeniero español, teniente coronel de nombre Domingo Esquiaqui, había construido el Puente en 1792 durante la administración del Virrey Espeleta, bajo autorización transatlántica de Carlos IV. Al pasar frente al Puente, Isidoro pensó en el en el sentido histórico de la obra; en los héroes criollos, como Bolivar, que allí organizaron las tropas para atacar Santa Fé; en la gente del común, agricultores y comerciantes, que cruzaron el Puente sin pagar el “pontazgo” o peaje colonial. Pensó en el Río que corre lentamente debajo de los cinco arcos del Puente, el Río Funza, luego llamado Río Bogotá. Recordó a los Muiscas, precolombinos habitantes de esta región, a su lengua Chibcha extendida por el sur y centro de América, a sus caciques, su maíz, su oro, y por supuesto, a sus dioses: Xue, Chia, Bochica, Bachué. Suspiró y le dieron ganas de cruzar el Puente. Sin embargo, prefirió no hacerlo. El Puente era hoy un lugar solitario, reservado para turistas en busca de fotos de monumento nacional. La gente del común ya no estaba allí, estaba en otra parte.
Había caminado casi un kilómetro cuando el colectivo que le servía finalmente apareció en medio de los carros, motos, camiones y buses que fluían por la Autopista Norte. Tras estirar su brazo derecho en señal de pare, el vehículo se estacionó a la orilla de la vía. Era una mini-van con trompa de pato, colores azul y blanco, percudida por el polvo y el humo negro diesel tan característico de las carreteras colombianas. Isidoro se apresuró a abordarlo. Como todos los puestos estaban ocupados, se ubicó en medio del pasillo encorvando su espalda, y acomodó el estuche del clarinete en el suelo metálico. Le entregó al conductor dos monedas de quinientos pesos y una de doscientos. Luego se sujetó fuertemente de la varilla del techo con ambas manos.
El tráfico era suave. No había trancón y el colectivo avanzó a 80 kilómetros por hora. Gracias a que todos los pasajeros iban al mismo destino y a que el vehículo estaba completamente lleno, no hubo necesidad de realizar paradas hasta llegar a el Portal del Norte. Allí, todos los pasajeros se bajaron e ingresaron a la estación de Transmilenio para tomar los buses que los llevarían a sus destinos en la ciudad. Isidoro fue el primero en bajarse y rápidamente se dirigió a la entrada de la estación para hacer la fila de ingreso. Luego de utilizar su tiquetera electrónica y pasar por el contador, miró el reloj de su teléfono celular. Eran las diez de la mañana.
III
Afortunadamente la reunión con los muchachos salió bien. Es verdad, llegué un poco tarde, pero los jóvenes estaban con una excelente actitud. Receptivos y abiertos al proyecto de improvisación con ritmos caribeños. Cumbias, porros, y merecumbés. Pura sabrosura. La próxima vez no esperaré a que pase un Transmilenio desocupado por más de 20 minutos. Eso fue lo que descuadró todo el timing que tenia calculado y me retrasó. Aprender a tolerar el hacinamiento en los buses. Deberíamos tener un metro en esta ciudad. Es mucho mas divertido ir como sardinas enlatadas en un tren. El transmi al final es solo un pañito de agua tibia para movilizar las muchedumbres de esta urbe de más de 9 millones de habitantes. Buses articulados. ¡Vaya! ¡Y con lo que contaminan! Ese humo negro de combustión diesel es super cochino. Humo que todo lo tiñe: andenes de las calles, paredes de los edificios, latas de los buses, narices, pulmones, pelucas, bigotes. El maestro Kennedy Perez tuvo razón en llamarme la atención. Debo dar buen ejemplo a los chicos. Si. Aunque se iba poniendo pesado con su cantaleta. Donde manda capitán no manda marinero. Además, cuento con su apoyo para el proyecto. No me vendría mal que me ayudara a conseguir financiación del ministerio. El maestro Perez tiene buenos contactos. No subestimar sus influencias. Estamos en Colombia. País de roscas y amigos y abogados amigos. Si. Total, aquí todo el mundo llega tarde. Y siempre habrá una razón que lo justifique. La puntualidad inglesa no se hizo para estas latitudes septentrionales. El tiempo se derrite con el calor de los valles y las costas. Es un tiempo elástico como un chicle. Inclusive aquí en la altura de las montañas andinas está alargado y distorsionado. Haré bien si camino hacia la Universidad Javeriana ahora. Si. Aprovechar el cielo azul y los rayos de sol. Demasiado calor como para estar dentro de una buseta. Subir por la calle 45 hasta la Séptima Avenida. Tengo tiempo para almorzar. Difícil elegir en medio de todos estos restaurantes, cafeterías, y cigarrerías. ¿Almuerzo ejecutivo? Mejor alimentarse con algo más saludable. Ensalada de frutas podría ser. Tal vez en esta sastrería consiga el botón que se le cayó a la chaqueta la semana pasada. Increíble que no tenga botones este señor. Pero sus máquinas de cocer son muy bonitas. Antiquísimas marca Zangen. Le traeré los próximos pantalones que necesite ajustar. Multiservicios del vestido. Todos estos hornos a las afueras de las cafeterías me hacen dudar de la frescura de los panecillos que se ofrecen. Entraré a este restaurante y ordenaré un plato a la carta. Una mojarra frita con ensalada, patacón y yuca. ¡Que rico! Las noticias del medio día suenan a todo volumen en la tele. Desinformación. Si tan solo dejáramos de ver tanta basura. Especialmente las noticias. Pero es imposible con tan solo dos canales públicos y 3 privados. La selección nacional de fútbol apesta. Volvió a perder. Es preferible que no vayan al mundial. Al menos así no hacen el ridículo. Idolos de barro. La imagen en movimiento es demasiado seductora. Mejor mirar hacia otra parte. Que mesera tan guapa. Mezcla de africana e indígena. Costeña de seguro. Me encanta el tumbado caribeño. Y esta mojarra se ve deliciosa. Que buena pinta tiene. Exprimir limón para alcanzar máxima suculencia. Sabe muy bien cuando el cuero escamoso esta tostadito. Un contraste perfecto con la carne blanca y suave. Ahora, un poco de ají para la yuca. Estos pescados fritos siempre tienen un tamaño que me sorprende al comienzo. Luego se vuelve normal cuando solo queda el esqueleto sobre el plato. Dejaré una buena propina por la buena atención. Me encantaría conocer a esta zamba bombón pero se hace tarde y no tengo tiempo para platicar. Hasta pronto. Dulce de menta como postre. Hace calor. Sería conveniente hacer la siesta pero estoy muy lejos de casa. Un café podría arreglar la modorra. Creo que estoy entrando en un food coma. Un expresso es más que necesario. Sin azúcar. Cafeína para despertar. Repasar las melodías del clarinete con un silbido no es suficiente. Esperemos que el taller con Mad Professor resulte inspirador. Aquí afuera del auditorio Pablo VI hay un montón de gente. Siempre nos hacen esperar. Que se haga tumulto y fila a la entrada es conveniente para los organizadores. La norma. Estrategia publicitaria que atenta contra los asistentes. Ya es hora. Va más de media hora de retraso. Por fin abren las puertas. Sentarse en la segunda fila para poder observar bien todos los movimientos y detalles. Sacar el cuaderno de notas. Esperar. Un presentador introduce al Professor. Aplausos.
IV
El señor Vuva Bugalú despertó con el sonido de la alarma de un reloj pulsera Casio que intermitentemente repicaba. Eran las 8 de la mañana. Vuva aún no se acostumbraba a la habitación de huésped que le habían asignado en el apartamento de sus padres en Bogotá. Había demasiada luz en las mañanas filtrándose por una delgada persiana metálica. Vuva quiso dormir un poco más pero sabía que tenía un día “chocolate sol”, lleno de citas y diligencias. La almohada lo abrazo calidamente. El reloj volvió a rinrinear.
Vuva se levantó de la cama, fue a la cocina y bebió tres vasos de agua. Mientras calmaba su sed contempló los cerros orientales desde la ventana panorámica que bordeaba la cocina. Era una mañana nublada, lechosa y gris. Puso a hervir agua en una ollita alargada para su té en la estufa de gas y luego tomo una naranja del frutero.
-Buenos días joven Vuva.
-Buen día Rosalba. ¿Cómo estás?
-Bien, si señor.
-Oye, ¿será que me puedes preparar un jugo de naranja y servir el desayuno?
-Si señor.
-Gracias.
Con la naranja en su mano, Vuva se dirigió al comedor y la puso sobre un plato que estaba sobre la mesa. Luego se fue al cuarto de estudio, abrió el laptop que estaba en el escritorio y prendió el equipo de sonido. Mientras se iniciaba el computador, tomó un fólder de discos compactos y rápidamente sacó un disco rojo: The Music of Raymond Scott. Reckless Nights and Turkish Twilinghts. Introdujo el disco en la bandeja del estereo y presionó play.
Este tema de Mr. Scott es lo que necesito para despertarme finalmente. “Powerhouse.” A toda velocidad. Casi como una máquina o un robot. Me recuerda mis días y noches en el Instituto. Pura automatización. Mejor no pensar en eso. Estoy de vacaciones. No mas ciencia ficción. Estoy back in the past y debo disfrutar de la temporalidad de este lugar. ¿Como desacelerarme? Para eso voy a ir a visitar a este medico anti-stress que me recomendaron. Que cosa tan seria eso de la tensión. Checar los e-mails. Que no se me haga tarde. No responderé a estos correos ahora. Eso puede esperar. Mejor tomar una ducha y afeitarse. Ya me estoy acelerando otra vez.
Después de ducharse con agua caliente, Vuva se afeitó con cuchilla prestobarba doble hoja y espuma y se hecho agua en la cara salpicando todo el baño. Ya en su habitación y en boxers, hizo la rutina de yoga que practicaba diariamente desde hacía tres años: salutación al sol, downward dog, serpiente, guerrero, montaña, y triángulo. Para terminar sus ejercicios realizó dos series de 50 flexiones de pecho.
“Señor Vuva, ¡dejó el baño como una piscina otra vez!” dijo su hermana desde el corredor. “Luego se seca, no se preocupe Conchi” le respondió él desde la habitación. “Más le vale, porque nadie puede entrar en medio de todos esos charcos de agua, tiene que tener mas cuidado” dijo Concha.
Para decidir que tipo de ropa se pondría, Vuva abrió la persiana metálica de la ventana de la habitación y contemplo el oriente. Desde el cuarto piso del edificio numero 4 del conjunto residencial Bosques del Norte, Monserrate y Guadalupe se veían cubiertos de nubes. El cielo blanco y gris iluminaba la ciudad con una opacidad mate. Vuva imaginó que llovería. Buscó en el armario unos pantalones verdes de paño grueso, uno camiseta de algodón negra, un saco de capucha y una chaqueta impermeable. También buscó las botas deportivas azules resistentes al agua para evitar llevar los pies mojados en caso de algún aguacero.
Vuva volvió al comedor y encontró no solo la naranja que había dejado sobre la mesa, sino también una mandarina, un vaso de jugo, una taza de té con bolsita earl grey, un paquete de galletas saltín integral Noel y un frasco de yogurt alpina. Agradeció a Rosalba por haberle alistado el desayuno y lentamente consumió los alimentos y bebidas.
Unos huevitos habrían podido ir muy bien con este desayuno. Tal vez el jueves le diga a Rosalba que me prepare unos fritos. Puede que le queden ricos. Le explicaré que la yema no debe quedar dura ni blanda. Un termino medio para máxima suculencia. O tal vez los prepare yo mismo. Se me había olvidado las ventajas de tener alguien que cocine para uno. Muy conveniente para economizar tiempo. Por cierto, se hace tarde. ¿La cita con el doctor es a las 10 o a las 10:30? Mejor confirmar por teléfono.
-Buenos días, Instituto Clínico de Medicinas Alternativas.
-Buenos días señorita, quisiera confirmar una cita que tengo hoy con el Doctor Osma.
-Si, ¿Cuál es su nombre?
-Bugalú, Vuva.
-Señor Bugalu, usted tiene hoy cita a las 10:30 de la mañana.
-Muchas gracias, yo ya salgo para allá.
Vuva colgó el teléfono. Alistó su maleta de mensajero con un cuaderno de hojas blancas para notas y dibujos, una cámara fotográfica, el libro Street of Cocodriles de Schultz, y un par de boligrafos, uno negro y otro azul. Se cepilló los dientes y se enjuago la boca.
-Conchi, ya me voy.
-Bueno lindo, que te vaya bien. Mándale saludos al Doctor.
Muy tieso y muy majo, con su chaqueta bien puesta y la maleta de mensajero cruzada sobre su espalda, Vuva salió del apartamento y pidió el ascensor. Bajó al primer piso y luego caminó hacia la salida del conjunto cerrado. Avanzó por la calle asfaltada pasando varios edificios de ladrillo que eran reflejos los unos de los otros en una típica estética multifamiliar. Se cruzó con una pareja de adultos que abordaba un automóvil, tres niñas que llevaban un perrito pequinés, y dos adolescentes que pateaban un balón de fútbol haciéndose pases desde un lado al otro de la calle.
Estas caras no me son familiares. Nuevos vecinos. ¿Qué será de la vida de mis amigos del barrio? En esta calle había siempre carreras en bicicleta. Adrenalina pura. Saltar los policías acostados en las bicis de cross. Jugar a las escondidas. Más de 10 años sin ver a los chicos. Sería estupendo realizar un encuentro. Jugar un partido de fútbol en medio de los árboles de eucalipto y los sauces del parque. Tener cuidado de no romper ningún vidrio. Subirse a las azoteas de estos edificios de seis pisos. Desde arriba todo se ve mejor. Excelente lugar para ir con las novias. Algo de aventura y riesgo complementa muy bien los romances. Adolecer. Cuanto tiempo ya ha pasado.
Al llegar a la portería, Vuva saludó a Don Carlos, el celador encargado de controlar el ingreso de visitantes y residentes. “Buenos días, joven” dijo Don Carlos levantando su mano derecha desde una silla rimax. “Buenos dias Carlos, que tenga un buen día” dijo Vuva abriendo la puerta metálica. Luego la soltó y ésta se cerró automáticamente. Vuva tomó aire profundamente. El olor de la ciudad le penetró los pulmones.
V
La estación Transmilenio de Puente Largo estaba congestionada. Había grupos de 15 a 20 personas esperando en los diferentes paraderos, arrumándose como almojábanas en la vitrina de panadería. Vuva cruzó las máquinas registradoras de la estación usando la tarjeta electrónica y se dirigió hacía el fondo para esperar el H15, un bus Express que iba directo por la Caracas hasta el centro de la ciudad. Al observar el tumulto de gente, Vuva prefirió localizarce lejos de la puerta de ingreso recostándose sobre la baranda metálica que bordeaba la estación. Los buses articulados se detenían pero iban demasiado llenos. Pasaron dos H4, un H15 y Vuva ni se inmutó. Prefirió guardar la calma y poner a prueba la santa paciencia.
¡Qué hacinamiento! Esperar a que pase un H15 con espacio disponible. Podría tomar un H4 pero es una ruta que para en todas partes. Y además van llenos también. No les cabe un tinto. No se si logre llegar a tiempo a la cita. Son ya casi las 10 de la mañana. Tomar un taxi es la última opción. O tal vez deba unirme al tumulto e ingresar a la fuerza a un H15. Si. Es parte de la experiencia Transmilenio. Sardinas enlatadas. No se si un metro habría evitado la multitud. Eso cree la gente. La voz del pueblo es la voz de dios. Gran mentira. Delirio de pasiones desenfrenadas.
Un bus H15 se detuvo y sus puertas se abrieron acompañadas de un estruendoso sonido de descompresión hidráulica. Pisshhh. Las puertas de vidrio del paradero se abrieron también. Algunas personas intentaron ingresar empujando a los que ya estaban adentro. Vuva se abrió paso en medio del tumulto y logró pisar el suelo del bus. Extendió su brazo derecho y se agarró del pasamanos del techo. El sonido explosivo volvió a sonar y las puertas se cerraron. El bus arrancó y los pasajeros que iban de pie sintieron como si los hubieran mecido en el interior de una maraca. Los cuerpos se rozaban y por la inercia del movimiento terminaron por acomodarse en posiciones que encajaban como un rompecabezas construido a la fuerza. A la fuerza bruta.
(continuará)